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El Hilo de la Vida, de Cuauhtémoc Medina (editor). Puebla, UDLAP, 2016

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hilván”; esto es, desde el enhebre de la aguja hasta el remate de la última puntada. El hilo de la vida (publicación bilingüe), editada por Cuauhtémoc Medina, consta de siete textos seguidos de un apartado central dedicado a la reproducción de las obras, algunas de las cuales van acompañadas de comentarios del propio artista.

     Cuando acabé de leer el último texto (“Bordado”, de Carlos Arias) me di cuenta de que, sin proponérmelo  (al menos de manera consciente), había seguido escrupulosamente el orden propuesto por la edición. Algo que en general no hago nunca cuando leo y veo catálogos  de obra. Y es que en la primera página, la número  1, el libro abre con un texto con caligrafía bordada, intervenida por las manos del mismo  Arias: un texto que también inaugura la primera sección de la exposición del museo de El Chopo.

    Así me imaginé el primer hilo mojado con la saliva del editor para juntar sus hebras pasando por el ojo de la aguja. “Una mano tienta”, dice la primera frase de Lorna Scott Fox bordada en hilo rojo. Y, de  ahí, el primer pespunte: en el segundo de los textos Cuahtémoc Medina abre con una cita de Tununa Mercado: “pero por el ojo no sólo pasa el hilo sino también la idea”.

     De este modo entran y salen el hilo y las primeras ideas, en un recorrido en el que Medina nos presenta algunas de las características más interesantes del trabajo de Arias hasta llegar al sueño de la obra abierta e inacabable: “El hilo de la vida” (ejemplificado, de manera especial, con la obra Jornadas), que además da nombre  a la publicación.  Los dos siguientes impulsos de la aguja corresponden a la factura de Osvaldo Sánchez, (con su texto “Bordando Bordes”) y a las manos de Miguel Cereceda (con “El velo de la novia”). A éstos les sigue el “Punto final”, de Tununa Mercado, y, para terminar, el nudo en el extremo de la última puntada que ayuda a que todo lo anterior no se deshilache (un nudo necesario al menos para aquellas que, como yo, cosemos y bordamos con la inseguridad o la poca pericia de quien necesita amarrar para no perder el hilo).

 

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Carlos Arias Vicuña, Autorretrato de encaje,1998, bordado, 170 x 130 cm. Fotografía: Sergio Javier González Carlos.


 

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