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Entrevista / Interview

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Luis Ávila Blancas, dos entrevistas al creador de un museo.

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recto y de vocación verdadera, límpida, vivió para atestiguar el decoro en los altares y el

rescate de la colección artística de La Profesa.

La madrugada del 29 de enero de 2015 el padre Luisito, como lo llamaban fieles y colaboradores,

falleció en su habitación, en la casa de los oratorianos de La Profesa. La Congregación

celebró misa de cuerpo presente, dos días después, un pequeño grupo de amigos y

discípulos nos pudimos acercar a la urna que contenía las cenizas de su cuerpo, en la triste

intimidad de la sacristía de La Profesa, y partimos rumbo a la Catedral Metropolitana por

la calle 5 de mayo, entre vendedores ambulantes y transeúntes. La urna se depositó en las

criptas de la Catedral Metropolitana y se celebró una misa solemne. Sirva esta conversación

partida en dos años, por el tiempo y circunstancias, que resguardaba yo en mi archivo

personal, para celebrar la obra y la vida de Luis Ávila Blancas, y para llamar a las autoridades

culturales de México, puesto que todo el acervo rescatado en la Pinacoteca de La Profesa

se encuentra en la actualidad en riesgo de desaparecer debido a la ruina en que quedó el

edificio tras el terremoto del 19 de septiembre de 2017.

1 El edificio sobrevive, en

la calle 16 de septiembre,

entre Bolívar e Isabel la

Católica.

 

 

13 de marzo de 2013, 2 pm.

 

AHG: ¿Cómo conoció usted La Profesa?

LAB: Yo la conocí desde niño, porque vivía aquí a una cuadra, en la calle de Tacuba número

56, así es que me quedaba a una cuadra la iglesia y por esa razón digamos natural de

cercanía, pues mis papás venían a misa los domingos. Luego yo venía al catecismo todos los

sábados de 4 a 5. Era el Catecismo de Ripalda.

 

AHG: ¿En dónde tomaba la instrucción?

LAB: En la iglesia, no había lugar especial. Como era en sábado, de cuatro a cinco, y a

esa hora no había ninguna ceremonia ni misa ni nada, se dedicaban una o dos bancas a

los pocos niños que veníamos, atendidos en distintas edades, claro. Aprendíamos las oraciones

y luego, con el Catecismo de Ripalda, aprendíamos las declaraciones y lo demás.

Las maestras eran nada menos que dos hermanas dueñas de la Librería Murguía, eran las

señoritas Murguía, María Guadalupe y María de la Luz. Ya cambió el título de la librería, aquí

en 16 de septiembre, muy notable el edificio porque tiene arriba unas esculturas. Ahora ya

cambiaron de dueño, pero ahí sigue el Edificio Murguía.1 Terminaba el catecismo con una

explicación en grupo, por parte de un sacerdote de la Congregación. Sin embargo, aquí no

hice la primera comunión.

 

AHG: ¿Qué le atraía de la iglesia cuando la conoció?

LAB: A mí me cautivó La Profesa. Muy aparte de quienes estaban al frente de La Profesa, yo

ni lo captaba. Yo quería seguir viniendo a la iglesia, y así fue, curiosamente. Aprendí el catecismo,

luego fui acólito, así que venía yo los sábados y domingos a ayudar en misa. En lugar de

irme con mis hermanos de paseo, con la familia, ya de mayorcito de paseo, fui alpinista, ciertamente,

pero en Puebla. Entonces, el tiempo que estuve venía yo aquí los sábados al catecismo

de cuatro a cinco y la misa de los domingos temprano a las ocho y media. Esa relación empezó

de esa manera. Claro que después cambió porque yo decidí irme al seminario a Puebla, porque

vino un padre de Puebla, aquí con los padres de La Profesa, y yo como era acólito, pues

conocí al padre que era el superior de La Concordia, de la Congregación del Oratorio también.

Entonces yo me ilusioné, Puebla es una ciudad increíblemente cautivadora, yo ya la conocía,

había ido de paseo. Pero con las ganas de ir a Puebla, pues me fui, y allá entré al seminario.

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