Reseñas

Página 187 de 189

Michel Foucault y la escritura: un peligro que seduce

   Ese universo libre y sin límites que comprende la palabra es el peligro que seduce a Michel Foucault. En parte por fascinación (expectativa de creación) y en parte por la responsabilidad y compromiso que se halla en el decir las cosas. Por ello, para él es importante “encontrar […] cierto plano del lenguaje, del intercambio, de la comunicación que no sea completamente del orden de la palabra, ni de la explicación, ni tampoco de la confidencia” (pp. 29-30). Si bien sabe que eso es en verdad difícil.

   Quizá por ello Foucault, cuando se refiere a la escritura, dice tener una “desconfianza casi moral”, debido a que no se siente fascinado por el aspecto sagrado que la sociedad occidental le ha dado a la escritura en sí misma. Esa desconfianza se logra dilucidar cuando trae a colación las dificultades que él mismo tuvo que pasar ante su incapacidad de escribir bien, además de sus ya tardías ganas de escribir (según el mismo Foucault, empezó a hacerlo en serio a la edad de 30 años). Ecos de aquella “risa”, que Michel de Certeau señalaba como distintiva, resuenan al momento de querer comprender esa extraña relación que existe entre el autor de El orden del discurso y la escritura. De Certeau tenía razón: todo en Foucault es un “sol negro”.3

 

***

 

¿En qué momento Michel Foucault toma en serio la escritura? Él responde que cuando vive en el extranjero. Pareciera ser que Foucault se encontraba, siempre, fuera de los márgenes de la “normalidad”. Dentro de esa “extrañeza” o “anormalidad” es donde podemos entrever la propia sustancia que existen en sus escritos. Antes de eso, la escritura, para él, no era otra cosa que “producir viento” (p. 36). Vivir en un país extraño (Suecia), hablar un idioma diferente, tratar de expresar sus reflexiones, pensamientos, ideas, vivir la cotidianidad, se convertían en experiencias únicas, las cuales hicieron que se acercara y creara un vínculo especial con su propia identidad, nación y lengua: “En definitiva, la única patria real, el único suelo sobre el que se puede andar, la única casa en la que uno puede detenerse y cobijarse, es la lengua, aquella que se ha aprendido desde la infancia” (p. 35).

3 Vid. los ensayos “La risa de Michel Foucault” (pp. 63-73) y “El sol negro del lenguaje: Michel Foucault” (pp. 75-90), en Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis. Entre ciencia y ficción, México, Uia, 2011.

 

Reseñas / 201

Página 187 de 189
Comentarios