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México ante la era de Trump: Desafíos y oportunidades • Examen

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Estados Unidos: la sociedad que resiste

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16_trump_mexico_ibero50.pngILÁN SEMO

Investigador, académico e historiador. Cursó la licenciatura y la maestría en la Universidad de Humboldt en Berlín y tiene estudios de posgrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente es académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Ha sido profesor de diversos programas de posgrado en México y Estados Unidos. Sus principales áreas de especialización e interés son la historiografía del siglo XX, la historia intelectual y la historia del tiempo presente. Dirige la revista Fractal y es columnista del diario La Jornada. Es autor de numerosos artículos y textos académicos entre los que se encuentran ¿Se está muriendo Europa?, Crimen y política: la frontera evanescente, Las tres muertes del liberalismo, Descifrando a Obama, ¿Retorno a la guerra (no tan) fría?, Identidad, historia y ansiedad y Variantes de la izquierda, entre otros.

 

 Nueva York, 16 de junio de 2015. Un candidato más se lanza al ruedo de las elecciones primarias en el Partido Republicano. Tiene la fama de ser un magnate de la industria de la construcción, aunque pronto se revelará que su negocio consiste en reunir inversiones y dar su nombre a los edificios. Su negocio es el mercado de los nombres: el nombre/marca, la marca/nombre, sin importar lo que ésta encierre. Puede ser una línea de jaleas para la piel, el concurso Miss Universo o una serie televisiva en la que actúa como un empresario despiadado. El súmmum de esa extraña vocación que trae consigo la sociedad del espectáculo: una celebridad cuyo oficio consiste en ser celebridad. Ahí donde el nombre lo es todo y el contenido se reduce a la potencialidad (y la prosperidad) del rating que promete. Es Donald Trump. Un estudio de esta nueva forma de “carisma social” –un tema obligado en la sociología de Max Weber– podría compararlo con Paris Hilton o las Kardashian, pero no; sus aspiraciones son mayúsculas: ahora quiere convertirse en el Presidente de Estados Unidos (sin importar que jamás haya pisado la escena política).

  Desde su primer discurso, bordeará todos los márgenes del establishment estadounidense para inflexionarlo frente a un abismo que al parecer sólo él, su círculo más íntimo y Steve Bannon –su

 

peligroso consiglieri, una suerte de anarco-fascista del siglo XXI– son capaces de percibir en 2015: una franja de más de cincuenta millones de electores en su mayoría varones y blancos, casi siempre trabajadores o miembros de una clase media baja pauperizada, agraviados por la crisis económica de 2008 y la ostentación de las nuevas élites (frecuentemente liberales) que se han enriquecido al calor de la especulación. Pero sobre todo, una franja olvidada por las dos administraciones de Barack Obama, el primer presidente afroamericano de la Unión.

  Lo que resulta inédito desde su primera intervención no sólo es la transferencia de la retórica racista a la escena de la contienda presidencial (Barry Goldwater lo había intentado infructuosamente en 1964, en la época de Martin Luther King y Malcolm X), sino la demostración de la fragilidad de los lenguajes de lo políticamente correcto. Como constante, Trump recurrirá al discurso de la decadencia (Let’s Make America Great Again, una frase acuñada por Ronald Reagan en 1980) para fijar targets sociales, políticos y morales en los que su franja de electores pudiera referir el estado de su radical malestar.

  En su versión de lo mexicano, aparece ya un racismo de tercera generación. Los inmigrantes indocumentados serían seres violentos, amenazantes y hábiles agentes del mercado de las drogas. La idea de construir un muro a lo largo de la frontera,

 
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