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México ante la era de Trump: Desafíos y oportunidades • Examen

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Mr. Trump y la invasión de los “bad hombres”

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JORGE DURAND

Licenciado en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, maestro en Antropología Social por El Colegio de Michoacán y doctor en Geografía y Ordenamiento Territorial por la Universidad de Tolouse-Le Mirail, Francia. Es profesor- investigador titular del Departamento de Estudios sobre los Movimientos Sociales (Desmos) de la Universidad de Guadalajara, y del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha sido profesor e investigador visitante en el Centre National de la Recherche Scientifque (CNRS), de Francia, y en las universidades de Chicago, Pennsylvania, California, UCLA, Varsovia y Princeton. Entre sus múltiples publicaciones como autor, coautor y coordinador destacan los libros Return to Aztlan (1987), La migración mexicana (1991), Más allá de la línea (1994), La experiencia migrante (2000), Clandestinos: Migración México-Estados Unidos en los albores del siglo XXI (2003), Salvando fronteras (2010), Perspectivas migratorias (2010) e Historia mínima de la migración México-Estados Unidos (2016).

 

 

Después de un siglo de mantenerse el statu quo migratorio entre México y Estados, con sus altas y sus bajas, su movimiento pendular, la apertura y cierre de fronteras y los dimes y diretes permanentes entre los dos países, parece ser que se ha llegado a un punto de quiebre. No va a ser lo mismo de antes con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos. Más bien no debería ser lo mismo.

 A lo largo de más de diez décadas los mexicanos nos hemos desentendido de la emigración irregular y los norteamericanos se han hecho de la vista gorda y han tolerado la migración indocumentada. En México nunca se hizo nada, en el otro lado tampoco se decidieron a aplicar la ley, ni a poner los medios legales y los controles efectivos para contener el flujo migratorio; simplemente no les convenía.

  El cántaro se desborda, por el incremento notable del flujo en las décadas de los setenta, ochenta y noventa. Durante treinta años el flujo migratorio mexicano y centroamericano creció a un ritmo de 10% anual, es decir, se duplicó década tras década. Fue un crecimiento exponencial. El censo estadounidense de 1970 detecta a 759 mil mexicanos, en 1980 fueron 2.1 millones, en 1990 se duplicó a 4.2 millones y en el 2000 llegamos a los 9.1 millones. A ese ritmo

 

de crecimiento debíamos haber llegado a los 18.2 millones en 2010, pero no fue así, sólo alcanzamos los 11.7 millones. Desde 2005 se nota un decrecimiento de la migración mexicana, especialmente la irregular.

  Como quiera, fue demasiado y no se quiso ponerle solución a tiempo. En Estados Unidos todas las propuestas de reformas migratorias fueron desechadas y en México seguíamos pensando que no era asunto nuestro, sino del vecino. Salvo la propuesta de la “enchilada completa” de Fox y Castañeda, no ha habido otra postura proactiva. En la actual coyuntura impera la “política sin estridencias”, del buen vecino, o el vecino buenito, ante las permanentes impertinencias de Trump como candidato y como presidente.

  Al flujo mexicano de 11.7 millones hay que sumarle otros 10 millones de migrantes centroamericanos, caribeños y sudamericanos, muchos de los cuales fueron migrantes en tránsito por México. Hay que reconocer que este flujo es también centenario, pero que en las últimas décadas su volumen se ha potenciado exponencialmente y su manejo deja mucho que desear. Y por unas u otras razones a todos esos migrantes se les considera en Estados Unidos como si fueran mexicanos. La geografía no es el fuerte del pueblo norteamericano, ni tampoco de los políticos. Les da lo mismo que sean de Honduras, El Salvador, Chiapas o Oaxaca. Nunca más cierto el dicho aquel de que ese amigo “es un mexicano de El Salvador”.

 
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