1968: Medio siglo del movimiento estudiantil | Entrevista |

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BEATRIZ PALACIOS. Asistente editorial de IBERO.

 

A 50 años de la conmemoración del movimiento estudiantil del 68, Ana Ignacia Rodríguez, conocida como Nacha, una de las mujeres que participó activamente en éste y la única sobreviviente de quienes estuvieron presas por dos años en la cárcel de Santa Martha, continúa su lucha como brigadista, junto con los miembros del Comité del 68, exigiendo justicia por la matanza, la represión y las violaciones a los derechos humanos perpetrados durante el movimiento. Estudiante de Derecho en aquella época, es un referente en la movilización que emprendieron las mujeres hace cinco décadas, y la voz de aquellas que ya no pueden hablar. Testigo presencial de los hechos del 2 de octubre, en las siguientes páginas comparte su experiencia como estudiante, su incursión al movimiento estudiantil y sus vivencias en prisión, así como su labor para que el legado del 68 no se olvide.

  En una época en la que no era frecuente que las mujeres estudiaran una carrera universitaria, ¿cómo logró llegar a la universidad y qué recuerda de su vida como estudiante?
Soy de Taxco, Guerrero, y aunque mi niñez y mi juventud fueron muy lindas, siempre quise salir de ahí, quise trascender, digamos. Éramos una familia con cierto poder económico, pero me daba cuenta de la miseria. Cuando veía a los niños con los huaraches rotos y los pies lastimados me acuerdo que le preguntaba a mi papá por qué ellos no tenían zapatos y me

 

respondía que porque eran de diferente clase social. Mi padre murió cuando yo tenía 15 años, y entonces tuve la oportunidad de venir a estudiar a la ciudad. Mi madre fue quien me lo permitió, porque a mis hermanas mayores no las dejaron estudiar. Llegué a vivir a una pensión de señoritas en San Ángel, y cuando fui a la universidad quedé apabullada, se me hizo gigante. Ahí conocí la discriminación por ser de provincia, se preguntaban: “¿Y esta indita qué está haciendo aquí?”, porque yo llegué con trenzas, cejijunta, falda larga… Después mis compañeras de la pensión me “pulieron”, según ellas. En el turno matutino me tocó estudiar con burguesitos, incluso fui compañera de lista de César Costa, y cuando por alguna circunstancia tomé clases en la tarde, ya traté
con otro tipo de gente: jóvenes mayores y que trabajaban. Al principio me quería regresar a Taxco, porque además tuve maestros misóginos. Recuerdo a uno de Derecho Penal que decía: “¿Y ustedes para qué estudian? Las mujeres son para su casa, para que tengan hijos y cocinen. Conmigo no van a pasar”. Fue un reto grande para mí, pero me empeñé en demostrar que
podía hacerlo, y me mantuve.

Viniendo de este entorno familiar privilegiado,
¿cómo surge en usted la consciencia política y social?

Desde joven fui sensible a las carencias, por eso elegí estudiar Derecho: quería regresar a Taxco para poner un bufete jurídico gratuito y ayudar a la gente pobre. Pero al llegar a México me di cuenta de que había vivido en un mundo color de rosa. Acá me encontré con compañeros muy amolados, que a cambio de un poema me pedían que

 
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