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Las lenguas indígenas en el tercer milenio

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Nacido en la capital del país, en 1926, es el máximo conocedor, traductor y divulgador del pensamiento, la cultura y la literatura del México prehispánico, y especialmente del mundo náhuatl. Maestro en Artes por la Loyola University de Los Ángeles, California, y doctor en Filosofía por la UNAM, es también investigador emérito de la UNAM, miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua. Ha merecido numerosas distinciones nacionales e internacionales como el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía, la Medalla Belisario Domínguez y el Premio Internacional Menéndez Pelayo, y doctorados Honoris Causa de universidades de México, América Latina, Estados Unidos, Europa e Israel. Es autor de obras fundamentales, que han impulsado el reconocimiento y valoración de la riqueza cultural y lingüística de los pueblos originarios de México, entre ellas, La filosofía náhuatl, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, Visión de los vencidos, Literaturas indígenas de México, Quince poetas del mundo náhuatl y La tinta negra y roja: Antología de poesía náhuatl, las cuales han sido traducidas a diversos idiomas. En vísperas del tercer milenio, el autor escribió el presente texto que no ha perdido vigencia, sino que, por el contrario, ha encontrado plena constatación. Avisó, entonces, el gran estudioso: “Muchas son las preguntas que, desde variadas perspectivas, se formulan ante la inminente aproximación de un nuevo milenio. Nos plantearemos aquí una tocante al destino de las lenguas indígenas, el náhuatl, las otras de Mesoamérica y, ¿por qué no?, también las demás del Nuevo Mundo y otros continentes”. IBERO agradece al doctor León-Portilla la autorización para reproducirlo en estas páginas.

 

Al hablar de lenguas indígenas, cabe atender esta expresión en el sentido de “idiomas vernáculos”, es decir aquellos que son propios de los pueblos originarios que los tuvieron y los han tenido como lenguas maternas desde una determinada región o país. Éstas se distinguen radicalmente de aquellas que a lo largo de la vida, y en distintas circunstancias, han sido aprendidas de diversas formas. Una lengua materna puede compararse a algo así como la espina dorsal de una persona, en cuanto que en ella está el sustento más hondo de su capacidad comprensiva. Los sentimientos más arraigados desde la infancia han estado presentes en las lenguas indígenas. Hay incluso sentimientos que nos parece que sólo son expresables y comprensibles en función de las lenguas maternas.

  Desde luego que en el universo de las muchas lenguas vernáculas hay incontables diferencias que pueden influir en sus respectivos destinos. Obviamente, el número de hablantes de una lengua es un factor de muy

 

grande importancia. Pensemos en el caso de la lengua seri, hablada en Sonora por sólo algunos centenares de personas o en el de los varios idiomas yumanos de grupos muy reducidos en el norte de Baja California.

  Otra es la situación de lenguas mesoamericanas como el náhuatl, el maya, yucateco, el otomí, el zapoteco y el mixteco que, a pesar de todos los pesares, mantienen considerable vigencia en amplios territorios. Suele afirmarse que la salud de una lengua está en razón directa no sólo del número de personas que la mantienen viva sino también de su utilidad como instrumento de comunicación ante la concurrencia de otro idioma de vigencia mayoritaria con el que tiene que coexistir. Cuando el empleo de una lengua se torna, por así decirlo, artificial, ya que no responde a requerimientos sociales, económicos o simplemente culturales, su vida invariablemente entra en peligro. Y esto mismo se acentúa sobremanera cuando el número de quienes la hablan se ve cada vez más disminuido.

   ¿Qué podemos decir, a la luz de esto, sobre el destino, en el tercer milenio, del náhuatl y en general de las lenguas de los pueblos originarios de México? Una 

 
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