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México ante la era de Trump: Desafíos y oportunidades • Examen

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Gracias, Mr. Trump

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sus nefastas órdenes ejecutivas se multiplican. Y por supuesto, los comediantes lo han convertido a usted en un costal de patatas.

 Hasta los salones de clase son semilleros de protesta. A través de los medios sociales los jóvenes siguen de cerca los pormenores del autócrata. El resultado es una atmósfera de efervescencia ideológica. Yo solía quejarme de que mis alumnos eran alérgicos al acontecer diario, de que lo único que les interesaba era la calificación. Ya no es así. Ahora tengo que distraerlos con literatura para que descansen del retintín hiperactivo en el que usted nos mantiene con sus tuits y con las sandeces que a cada rato anuncia en televisión.

  Llevo viviendo en los Estados Unidos más de treinta años y nunca –ni bajo la administración de Reagan ni tampoco bajo la de George W. Bush– había visto algo similar. Tengo la impresión de habitar en Oceanía, el superestado inventado por George Orwell.

  Un ejemplo es la defensa de los inmigrantes indocumentados. Durante la administración de Barack Obama, la cifra de deportados fue alta, lo que resultó en programas de ayuda. Con Trump, esos programas no solamente se han multiplicado. El paradero de los Dreamers es ahora una causa nacional. Se lo agradezco.

  El caso de los latinos es similar. Esta minoría a la que yo pertenezco, cuyas raíces anteceden la fundación de la nación como tal, tiene dificultades en hacer converger en un frente unificado sus intereses múltiples. Cada subgrupo (los mexicanos, los puertorriqueños, los cubanos, los dominicanos, los colombianos y así) nutre un desdén intrínseco de los demás. Es por eso que figuras como Ted Cruz o Marco Rubio han tenido

 

mayor alcance en sus foros ante la población general que entre los hispanoparlantes. Hasta hace poco no sabíamos cómo querernos a nosotros mismos.

 Con esto quiero decir que, desde la época de Cesar Chavez, ha sido difícil imaginar un líder hispánico que represente a los 60 millones de latinos. Sin embargo, usted, Mr. Trump, como mago que es, ha hecho lo imposible. Hoy se deja sentir entre los latinos una camaradería, si no del todo una unidad, en la que convergen preocupaciones heterogéneas. Gracias otra vez.

 Curiosamente, si bien los absolutistas coartan la libertad, la tiranía, Mr. Trump, indirectamente fecunda al arte. Por ejemplo, bajo las dictaduras en América Latina se gestó una de las mejores literaturas a nivel global: el Boom. No hablo exclusivamente de la así llamada “novela del dictador” que aglutinó a autores como Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Hablo de la fantasía como una máquina de rebeldía.

  Soy de la opinión que la novela norteamericana de las últimas décadas ha sido anodina. Lo mismo en gran medida puede decirse de la poesía. Hay poco que se compare con Whitman, Dickinson, Melville y Hawthorne. No me sorprendería pues si en los próximos años, bajo su yugo, se publicaran narrativas singulares. Y si la poesía se atreviera a ir más allá de los lugares comunes en la que lamentablemente ha estado embotellada.

  De ser así, tendremos que agradecérselo también, Mr. Trump, aunque sepamos, sin margen de error, que usted no leerá ni una letra.

 
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