La llama inextinguible • diálogo poético

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Dolores Castro: Pensar un poema

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con las manos por detrás del cuerpo, esposado, y cuando se da la vuelta lleva una botella de agua y va muy tranquilo; es evidente que son mentiras. 

   Se sabe, por un suceso que relata Martín Luis Guzmán (“La fiesta de las balas”), que en la Revolución, el general Fierro estuvo disparando toda una tarde y parte de la noche a unos fugitivos mientras brincaban una barda, y el que la brincaba se salvaba…
Hay antecedentes de esta ferocidad, pero después de eso, no creo que alguien, y en un momento, mate a 43 jóvenes, cómo, eso es inconcebible, hasta con una ametralladora sería difícil, ¿y mientras matan a unos, los otros, simplemente esperan?

    El enmudecimiento me sobrevino. Me parece tan atroz lo que sucedió que ni siquiera lo puedo expresar, no me cabe en lo posible; además, aunque fuera de lejos, conocí Ayotzinapa; una compañera de trabajo me lo señaló en el camino y me comentó que esos muchachos eran heroicos, porque nunca tenían el presupuesto suficiente ni para comer, dormían en el suelo, tenían una cosita así para guardar, ¿sería una chamarra por si acaso, un sombrero…? No sé…, ni dónde guardar sus cosas. Son hijos de campesinos, incluso los maestros se admiraban porque eran capaces de leer hasta tres libros por semana, y eso no es frecuente. Tanto esfuerzo, y que los maten sin más. Nunca dieron una versión de lo
ocurrido que se pudiera creer, que si la señora esposa del presidente municipal daba una fiesta y que los muchachos le estorbaron… En esa vorágine brota la conciencia de muerte y de vida, y a su lado la conciencia de no olvidar, pero sin enfrascarse en un dolor que derive en una falsa dinámica de resignación, de perdón y de culpa.

 
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