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México ante la era de Trump: Desafíos y oportunidades • Examen

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Dreamers: La deuda de dos países con sus jóvenes

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El ritual de esta ceremonia es muy emotivo: cada graduado sube al estrado acompañado por sus padres, o por toda la familia, y presenta a sus acompañantes; dedica unas palabras agradeciendo, desde el dinero para pagar los libros, hasta los frijolitos en un “tóper” tras la visita del fin de semana. En lugar de que el graduado reciba un diploma, son los padres quienes reciben el reconocimiento y el aplauso de los presentes. Las familias bajaban del escenario conmovidas y orgullosas.

 Cuando tocó su turno, Mario Alberto, originario de la ciudad de México, se paró frente al micrófono, solo. En medio de un silencio que pesaba, explicó que esa noche las personas a las que debía su carrera no habían podido estar con él. Como Mario, sus padres eran indocumentados y vivían en Los Ángeles, al norte de San Diego. Para realizar el viaje debían cruzar por una garita de inmigración, en donde los agentes hacen una revisión de documentos –una medida de

 

seguridad que opera en las zonas a cien millas de la frontera–. Los padres de Mario podrían haber viajado para estar con él, recibiendo el reconocimiento de su hijo, pero corrían el riesgo de que, al volver, los agentes de inmigración los detuvieran. La celebración podría haber terminado en deportación.

 La graduación de Mario Alberto tuvo lugar en 2005. Para ese entonces, el DREAM Act llevaba cuatro años “congelado” en el Congreso. Pero tras el último intento –y fracaso– de aprobación de la iniciativa en 2010, los jóvenes Dreamers, echando mano de las redes sociales y de estrategias de organización de base, lograron crear redes a nivel local para darse apoyo y buscar fuentes de financiamiento, y a nivel estatal y nacional para realizar acciones de desobediencia civil o de cabildeo en Washington, DC. De pronto, la palabra Dreamers se empezó a escuchar, acompañada por imágenes de jóvenes vistiendo toga y birrete, reivindicando su derecho a la educación.

 
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