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México ante la era de Trump: Desafíos y oportunidades • Examen

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Dreamers: La deuda de dos países con sus jóvenes

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Las movilizaciones en los meses siguientes fueron tan exitosas a nivel político y mediático, que en 2012, en plena campaña por su reelección, el presidente Barack Obama anunció una Acción Ejecutiva, conocida como DACA, para beneficiar a estos chicos con una protección temporal contra la deportación. Sin embargo, este “respiro” que ha permitido a los jóvenes acceder a algunos financiamientos educativos y a un permiso de trabajo, no representa una solución permanente ni una posibilidad de regularización de estatus migratorio: no les da una residencia legal y, tal como Obama implementó la medida con una firma ejecutiva, el recién llegado presidente Donald Trump podría echarla para atrás con otra.

  Elegí narrar aquí la historia de Mario Alberto, ocurrida hace más de diez años, para ilustrar un punto: la zozobra en la que viven nuestros jóvenes, el esfuerzo que representa para cada familia tener un hijo graduado, no es algo nuevo. Durante muchos años en México tanto los gobiernos como la sociedad decidieron ignorar la suerte de las familias migrantes en Estados Unidos. ¿Qué ocurre con ellas cuando llegan? ¿Dónde viven, cómo obtienen un trabajo los padres, si no cuentan con documentos? ¿A qué escuelas van sus hijos, cómo estudian en un idioma que no es el suyo? ¿Cómo se empieza una vida desde cero para, además, con enorme generosidad, enviar dinero a casa?

  La migración por necesidad –económica, de salud, por discriminación, por razones políticas, para escapar de la violencia; por las fallas de un Estado que incumple con su obligación de velar por sus ciudadanos– equivale a dejar todo y llegar

 

a un sitio desconocido, sin casa, sin familia, sin idioma, en muchos casos sin papeles. Para quienes además han llegado siendo niños, sin ser partícipes de la decisión familiar, la perspectiva de un futuro inexistente en el único país que se conoce podría ser atroz; y sin embargo no lo es. En los últimos años los jóvenes Dreamers han demostrado que son todo menos víctimas; son chicos bilingües, biculturales, que continúan preparándose a pesar de todos los obstáculos.

  Muchos de estos chicos, ante la falta de posibilidades de conseguir un empleo, han creado pequeñas empresas y dan empleo a otros jóvenes. Mediante un proceso de regularización, o de acuerdos binacionales, estos jóvenes podrían ser empleados en trasnacionales que requieren de su perfil profesional. Podrían ser lo mejor de su generación de profesionistas si alguno de los dos gobiernos se diera cuenta de lo que está dejando ir y decidiera hacer algo para evitarlo.

   A partir de la llegada de Donald Trump, y a pesar de que la situación de los inmigrantes indocumentados no ha cambiado considerablemente –la administración Obama sigue siendo la que más deportaciones ha realizado en la historia de Estados Unidos–, por primera vez en mucho tiempo México ha volteado a ver a estos chicos y a sus familias. Se abre con ello una ventana de oportunidad. La agenda bilateral puede empezar a abordar el tema de los jóvenes mexicanos universitarios en Estados Unidos más allá de los vaivenes políticos, con una perspectiva de derechos humanos y justicia social, en beneficio de las dos economías, pero sobre todo, de cientos de miles de jóvenes. De uno y otro lado de la frontera, los dos países están en deuda con ellos.

 
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