La corrupción como problema social • ágora

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61.pngSOID PASTRANA

Artista plástico, ha participado en un centenar de exposiciones individuales y colectivas realizadas en museos, galerías y espacios culturales de México y el extranjero. Su obra forma parte de importantes colecciones, entre ellas las del Museo López Claro de Buenos Aires, la Casa de México en Yakarta, el Museo de la Revolución de La Habana, el Poliforum Cultural Siqueiros, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo y la Universidad Iberoamericana Puebla.

 Es importante una cultura de la denuncia

Desafortunadamente la corrupción habita en la sociedad mexicana históricamente, pero donde ha encontrado su hogar de una manera abierta es en la burocracia en todos sus niveles de gobierno. Desde el diputado federal hasta el policía municipal, pasando por magistrados, tránsitos, policías estatales, federales, judiciales, etcétera. El sistema político mexicano está contaminado y se ha convertido en una pandemia de manera vertical. Desde mi perspectiva ciudadana, considero algunos puntos que pueden ayudar a combatir este cáncer:

  1. Que todos los ciudadanos tengamos la cultura de la denuncia; que todo acto que corrompa a la sociedad mexicana sea señalado y castigado.

 

 2. Que en las escuelas primarias sea materia o tema de prevención, pero sobre todo que desde temprana edad se eduque para no seguir fomentando estas prácticas.

   3. Que la ley asista y faculte a los consejos ciudadanos de poder sancionar todo acto que lleve a la corrupción en todos los niveles de gobierno.

   4. Asimismo, que los ciudadanos no sigan alimentando las prácticas de soborno, sino todo lo contrario, que denuncien a todos los malos funcionarios.

 

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CARLOS ANTONIO DE LA SIERRA

Narrador y ensayista, realizó estudios de doctorado en Letras en la UNAM, donde se desempeña como docente. Es autor, entre otros libros, de Bajo el volcán y el otro Lowry y El narrador latinoamericano como ensayista. Su obra se ha traducido al inglés, francés y alemán y ha aparecido en antologías literarias mexicanas y extranjeras.

 

Modificar hábitos y voluntades

 

   La corrupción en México ha tenido sus mutaciones. Desde las épocas posrrevolucionarias las formas de la corrupción se han diversificado y encubado con prestancia. Hoy día son manifiestas a la luz pública, se documentan en mayor escala y más frecuentemente y en buena medida están al servicio de las exigencias del gran capital. Dicho de otro modo: los sobornos, la perversión o el vicio en las prácticas públicas, todos actos ilícitos, torcidos y dañinos, son ahora vox populi y se exhiben ante la opinión pública como parte de una cultura del espectáculo. Antes se sabía de actos de corrupción en las esferas públicas; hoy día no sólo se conocen de buena tinta sino que sus actores las exhiben abierta y desvergonzadamente. Hay un placer perverso en aquellos que salen impunes, indemnes a los actos corruptos y muchos lo reiteran con desvergüenza: “Sí, ¿y qué?”.

  José Carlos Mariátegui, el célebre ensayista peruano, tiene una frase reveladora: “Casi no hay caudillo que no remate en hacendado”, iluminadora en muchos sentidos como para entender que es imposible una línea directa natural entre el caudillo y el hacendado si no hay actos corruptos en los entresijos de la ecuación, pero en la actualidad esta fórmula ha sido trascendida por mucho. Para ejemplificarlo, pongo a consideración una nueva frase, ahora de José María Pérez Gay, que me ha hecho entender mejor la vida pública en México: “En el territorio de la impunidad, el cinismo es filantropía”. Las causas de la corrupción en nuestro país, más allá de las razones habituales como la falta de educación, residen en que lo corrupto se ve como una práctica común, repetitiva y hasta festiva, o que está exornada por frases de la cultura popular como “quien no transa no avanza”, y ha adquirido matices más siniestros. Las formas de la corrupción en México, en tanto se instalaron en la cultura del espectáculo, ergo evidentes para la colectividad, se han reproducido por lógicas inéditas y rocambolescas. Una de ellas es que se realizan porque buscan el bien común. El reconocimiento abierto, entonces, de lo ilícito o enviciado, tiene un cariz insólito: en tanto acto de honestidad, es digno de gratitud popular y, por extensión, se ve como una actitud cabal o filantrópica. Por eso hay presidentes municipales que reconocen “robar poquito” o gobernadores que aceptan “bellísimas botellas de coñac” a cambio de favores, amedrentar periodistas o que amenazan abiertamente a los ciudadanos. También, que no haya culpables por una de las mayores tragedias del país como la de la guardería ABC o que se vanaglorie que somos el país con mayor índice de obesidad en el mundo sin que existan políticas reales de salud para evitarlo. También, en el colmo del cinismo, que un presidente haya dicho en tono de broma “haiga sido como haiga sido”.

   Encontrar una sola fórmula para resolver la corrupción en México es imposible. La apuesta es por ir vislumbrando y reproduciendo pequeños cambios de percepción en las prácticas de la vida pública; trabajar desde la trinchera para que, en pequeña escala, se modifiquen hábitos y voluntades; documentar, aunque sea de boca en boca, los numerosos actos sibilinos de los que se tenga conocimiento para que nunca más ocurran; decir con firmeza, para no reproducir actos impunes que nos afectan sin saberlo. Dejar de lado juegos aparentemente inocuos como “lo que hace la mano hace el de atrás” sin sentirse excluido.

   Además, que los gobiernos en turno promuevan el Estado de derecho y les importen los ciudadanos y no los intereses del gran capital o los emporios transnacionales; que las grandes empresas paguen impuestos como dice la ley y se prohíban artilugios de baja estofa para evadirlos; que la legalidad exista de facto y no se muestre como una triste y malévola ilusión; que nos escandalicemos cuando haya un solo mexicano en la lista de Forbes y, sobre todo, que no perdamos la capacidad de asombro ante todos los actos impunes, inmorales, torcidos, enviciados o corrompidos que veamos en la vida pública todos los días del Señor. Y así, reflexionar, disentir, criticar y plantearse acciones puntuales que generen toma de conciencia y posibles transformaciones de la vida cotidiana. Esto es también que exista un Estado fuerte, que haya voluntad de los gobernantes para revertir las prácticas corruptas y generar mecanismos de confianza en la población que les den sentido, credibilidad y fortalecimiento a las instituciones.

 

 
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