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fig.V4.rese.jpg   Ida Rodríguez Prampolini (coord.),
Muralismo mexicano
1920-1940,
México, Fondo de Cultura Económica, 2013, 3 vols.
Tania María Carrillo Grange1
tanita_cg@hotmail.com


1María Carrillo Grange realizó estudios en Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (2006-2009) y desde el 2012 está cursando la Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad Iberoamericana.


 

 

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2 Elisa García y Carlos Pellicer, Carlos Pellicer en el espacio de la plástica, vol. 2, México,UNAM-Coordinación de Difusión Cultural, 1997, p. 69.

 

Si la obra de arte es la declaración de un hecho consumado, su consecuencia es la crítica o sea la opinión que provoca en cada uno de nosotros. El “me gusta” o “no me gusta” es la medida de afinidad o relación  que todos tenemos con el creador de la obra de arte. Las cosas  nos gustan por lo que nosotros encontramos en ellas o viceversa; simpatías o diferencias, que en el fondo también son simpatías.

Carlos Pellicer 2

fig.V4.cap9.jpgensar el arte como la posibilidad creadora de diálogos entre seres y tiempos abre la oportunidad  de considerarlo  y mirarlo  de un modo distinto.  Así,  la imperiosa necesidad que tiene el ser humano de decir, crear y expresar a través del arte viene acompañada, como lo sugiere Pellicer, de la también  imperiosa necesidad  de hallar similitudes, diferencias o alguna sugerente identificación por parte de aquellos que lo contemplan. De esta manera, se inicia una conversación que trasciende la temporalidad y la espacialidad, quedando la obra misma como vehículo o medio para hacerlo.
     El muralismo mexicano de la década de los veinte del siglo pasado nos aparece, entonces,  como una posibilidad de diálogo,  donde los muros  hablaron y dieron voz a una nación que despertaba y cobraba conciencia de sí misma, devolviendo con sus imágenes la historia a un pueblo, que siempre omitido, adquiría ahora no sólo el lugar de fuente de inspiración, sino el papel de protagonista. Desde el inevitable clamor de justicia, los muralistas
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