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1. Alfredo Jaar. La Geometría de la Conciencia (Entrada), 2010. Cortesía del artista.

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imágenes que no tienen cuerpo suficiente para retenerla. Se anula así toda posibilidad de establecer un discurso que dé cuenta, fielmente, de sus horrores.

     El siglo XX ha sido, en palabras de Albert Camus, despiadado, y la década transcurrida del XXI no se exime de aquel adjetivo. Las guerras, las matanzas, las dictaduras, el terrorismo, la segregación social han sido el clima de todos estos años. El arte ha debido, entonces, hacerse cargo de estos temas. Sin embargo, da la impresión de que sus representaciones resultan siempre incompletas. Los medios visuales no alcanzan para manifestar las atrocidades vivenciadas en el Chile de la dictadura, por ejemplo, cuando se atentó contra los derechos humanos dejando miles de víctimas y sembrando el terror. Pero si la representación de la violencia en el arte nunca ha sido fácil, en la actualidad parece una tarea casi imposible, pues en el mundo de la explosión informática, la sobreexposición de fotografías violentas es abrumadora. Como un enfermo que se acostumbra a su medicamento y necesita incrementar la dosis para sentir los efectos, el espectador contemporáneo se ha vuelto insensible a las imágenes de violencia elevando su umbral de resistencia. Una ruma de cuerpos víctimas de un genocidio no le sorprenden más. Aquellos retratos terribles de la degradación de lo humano por el humano, que podrían ser un instrumento de impacto para que la historia no se vuelva a repetir, se han banalizado. Cómo se adecua el arte a este nuevo entorno mediático para despertar y conmover a espectadores adormecidos y acostumbrados  al consumo de imágenes violentas, es algo que el artista de hoy debe resolver.

     El presente ensayo reflexionará sobre la dificultad de poner en obra estos extremos a los que ha llegado la sociedad contemporánea,  abordando  tres formas artísticas que, a pesar de los obstáculos, rompieron el silencio después del campo de batalla para aventurarse en la construcción de un relato de la violencia a través de la visualidad. Desde la instalación, la performance y la pintura, tres artistas chilenos  se han atrevido a alzar la voz. Me refiero a Alfredo Jaar, Carlos Leppe  y Juan Domingo Dávila, quienes saben que la labor del artista se inscribe no sólo en el terreno de la reflexión estética, sino también en el de la ética. Las obras de los tres artistas encierran la preguntan por la dimensión política del arte.

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