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   GUADALUPE ALEMÁN   
Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, donde actualmente es profesora. Es maestra en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos. Ha publicado varios títulos de literatura infantil y juvenil. Su primera novela, El nombre de las brujas, ganó el Premio IBBY en 1988 y fue publicado por Alfaguara.
En el año 2000 ganó el concurso “Castillo de la Lectura” de Ediciones Castillo (categoría roja) con la novela El mundo septiembre adentro, y un año más tarde resultó finalista del mismo certamen con La domadora de miedos. Entre sus obras están El árbol de las preguntas (Sana Colita de Rana), La mentira hambrienta (Textofilia), Nikola (Sana Colita de Rana) y Beto y los secretos familiares (coedición IBBY-Conapred). Colabora periódicamente en las revistas Muy Interesante y Muy Interesante Junior. Se ocupa de la enseñanza de la literatura y la divulgación de la ciencia. Actualmente trabaja en Microsoft, donde está a cargo de desarrollar la personalidad de Cortana en México (Cortana es
la asistente virtual de Microsoft).

 

El título de este artículo es la pregunta que me hicieron todos mis conocidos hace treinta años, cuando anuncié que iba a estudiar Letras. (Bueno, ésa y: “¿no vas a morir de hambre?”). Confieso que sus inquietudes me tenían sin cuidado. Comprendí muy pronto que el estudiante de Letras posee la coartada perfecta para dedicarse casi exclusivamente a leer obras extraordinarias durante años: puede sumergirse entre las páginas de Moby Dick, dejarse deslumbrar por la lucidez de Kafka, descender hasta el noveno círculo del infierno guiado por Dante… y todo en nombre de sus obligaciones escolares. (Hasta hace relativamente poco, leer literatura era un placer culposo.) Ahí tienen mi primer “para qué”. Tal vez el más honesto. Pero como no basta; voy a aventurar uno más formal. El estudio de las letras exige, cuando menos, una exposición prolongada a la literatura. Y dicha exposición puede ayudar a formar personas críticas y sensibles que saben leer, escribir y pensar. No son capacidades despreciables –ni en la vida ni en el mercado laboral– y hoy se requieren con urgencia. Pero vamos poco a poco.

 

Aprender a leer

De acuerdo con el poeta Ezra Pound, “la gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades”1. Esta afirmación tiene varias implicaciones. La primera: que el lenguaje literario dice más de lo que dice. Su operación básica no es la ornamentación, sino la condensación. Tomemos, por ejemplo, estos versos de Giuseppe Ungaretti: “Eres la mujer que pasa/ como una hoja/ y dejas en los árboles un fuego de otoño”. La dimensión lógica-gramatical de los signos está rebasada, incluso puesta en crisis, por la multiplicidad de sentidos y niveles que se tejen en la dimensión retórica-poética. ¿Y eso qué? preguntarán algunos. Eso, respondo en corto –enfrentarnos a eso durante los estudios literarios— nos enseña a leer. Nos
entrena para apreciar la materialidad y sonoridad de las palabras, sus resonancias culturales e históricas; lo que sugieren, evocan, señalan e implican. De nuevo… ¿y eso QUÉ?

 
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