Literatura Mexicana y Sociedad | Examen |

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De ausencias y presencias

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21_ibero59__literatura.JPG  DAVID LORÍA ARAUJO  
Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán y maestro en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente estudia el Doctorado en Letras en la Ibero y prepara una tesis sobre la representación del cuerpo enfermo en tres novelas latinoamericanas contemporáneas.

Para Sara Uribe

 

A pesar de los esfuerzos realizados para contrarrestar la escasa difusión de la literatura escrita por mujeres de nuestro país, todavía es larga la brecha que separa la parca lectura de sus textos del extenso elenco de obras escritas por hombres, convertidas en textos dignos de premiarse, reseñarse e incluirse en los repertorios de clases, tesis, congresos y revistas. Como indica la doctora Luz Elena Gutiérrez de Velasco, en el mundo de las letras mexicanas “escasean los nombres de mujeres, no porque no las haya sino porque no se les conoce y, por ende, no se les estudia” (en Romero, 196-197). Y, a decir de Ainhoa Suárez Gómez, coordinadora del volumen Yo soy la otra: Las mujeres y la cultura en México (2017), “si se analizan las instituciones, los premios y los reconocimientos otorgados a literatos a lo largo de este mismo periodo, los nombres de escritoras aparecen a cuentagotas” (Suárez 11).

   Gracias al trabajo de diversas instancias, como el que por muchos años han elaborado las integrantes del Taller de Teoría y Crítica Literaria “Diana Morán” (al que pertenecen, dicho sea de paso, varias investigadoras de nuestra casa de estudios), es que hoy conocemos la obra de creadoras como Nellie Campobello (1900), Elena Garro (1916), Guadalupe Dueñas (1920), Rosario Castellanos (1925), Amparo Dávila (1928) o Inés Arredondo (1928), a quienes ya podríamos comenzar a nombrar, por suerte, como

 

las “conocidas desconocidas”. Sin embargo, persiste el olvido, la ignorancia y el soslayo de otras escritoras menos difundidas como María Elvira Bermúdez (1916), Tita Valencia (1938) o mi paisana, la yucateca Carolina Luna (1964).

  Frente a las voces renegadas de sus antecesoras, hoy sale al paso toda una generación de escritoras mexicanas; las más jóvenes, nacidas en las décadas de los ochenta y los noventa: Laia Jufresa (1983) en la novela, Mariana Oliver (1986) en el ensayo, Aniela Rodríguez (1992) en el cuento o Irma Torregrosa (1993) en la poesía, por mencionar algunas. No obstante, aun en la víspera del 2019, persisten las disparidades de género en la literatura, que se esconden tras los motes de “buena calidad”, refuerzan ideologías hegemónicas en los espacios culturales o convierten la “escritura de mujeres” –o peor, esa mercancía llamada “escritura femenina”– en rentable novedad editorial.

  Este pequeño texto es resultado de una postura: la de contrarrestar esa miopía que, en ocasiones, no nos permite ver más allá de nuestro librero; e incluso, la de amortiguar el astigmatismo por el que no podemos mirar nuestros estantes de libros de forma crítica. No se trata de “rescatar” a las escritoras del abandono, sino de salvar a nuestras bibliotecas de todo lo que pueden estarse perdiendo.

  En los siguientes párrafos, me he propuesto mencionar a dos escritoras “clásicas”, Josefina Vicens (1911) y Adela Fernández (1942), así como a un par de escritoras

 
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