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  GLORIA PRADO GARDUÑO  
Doctora en Letras Modernas. Profesora Emérita de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Ha sido directora del Departamento de Letras en tres ocasiones. Sus líneas de investigación actuales son Teoría y crítica literarias, Estudios de género, Literatura contemporánea, Literatura escrita por mujeres y Hermenéutica y psicoanálisis. Integrante del Taller de Teoría y Crítica Literaria “Diana Morán” desde su fundación en 1984, se ha dedicado al estudio de la literatura escrita por mujeres mexicanas y latinoamericanas desde el siglo XIX a la fecha, así como Teoría y crítica literaria feminista, Estudios de género y Escrituras en contraste femenino/masculino. Ha publicado más de 70 artículos en revistas, y capítulos de libros.

El enfoque sociológico se interesa en el fuera de texto o en el ante-texto.

Edmond Cross

 

Hablar de literatura es desplazarse siempre sobre un terreno pantanoso, ya que, por una parte, se considera que quienes escriben, leen, critican o teorizan sobre este particular, no aportan nada “útil” o algo de tomarse en consideración para la sociedad; y, por otra, se concibe como una actividad nacida del ocio, de cuño individualista. Sin embargo, tenemos que partir de un principio: la literatura es un arte como las artes plásticas, la escultura, la música, la danza, el canto… La diferencia es que este arte se realiza mediante el lenguaje y no como sucede en la pintura, la escultura, en las que se utilizan otros materiales con los que se crean formas, figuras, se mezclan colores, volúmenes. O como acontece en la música, en la cual se crean partituras que se traducirán en la interpretación por medio de instrumentos musicales, de la voz o del cuerpo, que sólo acontecerán ante un público receptor que las escuche, las mire, las admire, disfrute con ellas y les confiera una realidad fónica, tonal, melódica, rítmica o cualesquiera de las características que el canon vigente les dicte.

  Del mismo modo ocurre con la literatura. Es necesario un receptor o receptora que pueda actualizar, mediante la lectura y la interpretación, las obras literarias. En la medida en la que se encuentren sólo contenidas en libros en un estante de biblioteca o de oficina sin ninguna
otra función que no sea acumulativa o de ornato, no se realizarán como obras literarias. Se requiere tomar los libros que las contienen, abrirlos, leerlos, dejarse llevar por la lectura, interpretar lo que subyace entre líneas, disfrutarlos o no, y en el mejor de los casos, lograr una experiencia estética. Sólo así acontecerán como obras literarias. Esa sería una primera función de la literatura, la primordial para muchos teóricos, críticos y 

 

los propios escritores, esto es, la creación artística y la recepción que la refigura. Al realizarse tal refiguración, sin embargo, concurren a la vez dos funciones más: una como forma de conocimiento y otra como producción de placer.

  De lo dicho hasta aquí podría pensarse que el fenómeno literario consiste únicamente de dos actividades solipsistas: la del creador/a y la del lector/a. Sin embargo, ambos se encuentran inmersos y formando parte de una sociedad, estén de acuerdo, o no, con todas las normas regulatorias que la rigen. Alguien escribe para alguien con objetivos muy específicos, no sólo para sí mismo/a, y alguien lee también con propósitos muy definidos. A esto habrá que añadir un movimiento de sedimentación

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