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63_ibero59__literatura.JPG¿Será verdad lo que dijo Adorno? ¿Qué sólo el arte es capaz de internarse en semejantes tinieblas? ¿O la idea es vencer esas tinieblas a golpe de palabras? Tiene sentido. La literatura eclosiona después de un suceso de magnitudes catastróficas, porque sólo así, con la mediación inconmensurable de las palabras, es que puede entregarse al mundo una verdad tan despiadada como la de una guerra, decía Vasili Grossman. En México, a partir sobre todo del año 2000, han aparecido múltiples relatos, historias y novelas en los cuales la

 

violencia es el eje rector de la narrativa, el hilo conductor
o el contexto. Buena cantidad de miradas consideran a La reina del sur (Arturo Pérez-Reverte, 2002) como el relato fundacional de esta corriente. Otros son menos institucionales: ven en Élmer Mendoza (Un asesino solitario, 1999; El amante de Janis Joplin, 2001; Balas de plata, 2008) o incluso en Víctor Hugo Rascón Banda (Contrabando, 1992) el germen verdadero.

   Pero esa presencia, como han defendido buena parte de los autores, no es apologética, sino catártica. No busca encomiar sino confrontar. Aunque su finalidad no sea ser consecuente o agradable.

   También desde el periodismo el tema de la violencia ha sido motor fundamental. Trabajos como El Cártel (Jesús Blancornelas); Los rostros del narco (Rafael Rodríguez Castañeda) o El cártel de Sinaloa (Diego Enrique Osorno) comparten códigos y estructuras narrativas con la literatura, para narrar la violencia desde la realidad periodística, esa verdad que se funda a partir de los datos y las preguntas. Y

 
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