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  Conviene, sin embargo, aproximarse al tema mediante un breve rodeo sobre lo que significa la lectura para un autor literario. Algunos opinan que la literatura de Juan Rulfo surge (como se dice del brote de una planta) de un surco en el campo de Jalisco. Esta idea se sustentaría –agregan– en la biografía del escritor, quien pasó sus primeros años, parcialmente, en algunas pequeñas poblaciones del sur de ese estado. En este punto se olvida que antes de cumplir los diez años Rulfo vivió también, con intervalos, en Guadalajara, la segunda ciudad más poblada de la República Mexicana, y que pasó en total unos tres lustros ahí, sin olvidar las casi cuatro décadas (más de la mitad de su vida) que vivió en el Distrito Federal. Es decir, se omite que la obra de un escritor podría no tener mucho que ver con los escenarios en que transcurrió su existencia. Es improbable, por ejemplo, que Shakespeare hubiese estado en Italia, aunque algunos de sus dramas ocurren ahí: la respuesta hay que buscarla en sus lecturas. La literatura tiene la propiedad de alimentarse de sí misma tanto o más que de la realidad que un autor hubiese conocido o de lo sucedido a personas cercanas a él. Y aun las experiencias vividas por quienes escriben pueden ser modeladas por la lectura.

  En el caso de Rulfo su infancia y su adolescencia fueron en parte las de quienes crecen en lugares como Jalisco (que no era entonces ninguna comarca aislada del mundo; baste citar los nombres de José Clemente Orozco y Luis Barragán para asentarlo), pero con él hay otro factor que lo determinaría como futuro 

 

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autor literario: fue un lector muy temprano. Su caso sería casi idéntico al de Paul Auster a la misma edad: el marido de una tía suya, estudioso de la cultura humanística, tuvo que trasladarse a Italia y dejó sus cajas de libros en casa de los padres de Auster durante unos doce años. Él lo resume así: “[…] después de un tiempo (cuando yo tenía
nueve o diez años) […] bajamos las cajas. Las abrimos y colocamos los libros en estanterías. Mis padres no habían asistido a la universidad y ninguno de los dos demostraba un especial interés por la lectura. De pronto, de la noche a la mañana, tenía una maravillosa biblioteca a mi disposición: los clásicos, los grandes poetas, las novelas más importantes. Ese mundo abrió un mundo nuevo para mí. Cuando lo recuerdo, me doy cuenta de que esas cajas de libros cambiaron mi vida. Sin ellas,

 
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