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Ahora bien, es preciso atender, en México como en cualquier parte, a la articulación de la poesía, entendida como actividad irrenunciable, con los ámbitos y los mecanismos sociales que la hacen posible. Ahí es donde la poesía mexicana arrastra problemas que, sin que los reconozca o los resuelva del todo, perjudican con frecuencia lo que resueltamente debe ser: una actividad humana necesaria realizada con el máximo rigor y la máxima conciencia de sus responsabilidades.

   Nos referiremos primeramente a la presencia, tanto en
los poetas como en los lectores, de hábitos y concepciones procedentes de los viejos ámbitos del romanticismo y el neoclasicismo y que no han sido evidenciados y criticados. Eso supone, para la poesía mexicana, una modernización incompleta, quizá relacionada con el escaso impacto que tuvo la vanguardia histórica –en contraste con las otras artes– en los años posteriores a la Revolución. Tales rasgos de anacronismo, nunca del todo superados, no pueden ser calificados como constitutivos de la tradición mexicana, pues son más bien inercias ingenuas e inadvertidas que no pueden coexistir con la actitud crítica, disconforme y renovadora de la mejor poesía moderna y contemporánea. Incluso algunos rasgos virreinales, provenientes de una época en que la poesía era considerada un adorno y el poeta un “doméstico superior” pueden ser ocasionalmente encontrados en la poesía de nuestros días.

  Un segundo problema está relacionado con un deslinde incompleto, por parte de numerosos poetas de los siglos XX y XXI, de las restricciones que imponen todavía los proyectos nacionalistas y mexicanistas, y que impiden al poeta ejercer una plena autonomía –una soledad radical, diríamos–: la libertad de seguirse a sí mismo sin que se le diga qué hacer. Ya Alfonso Reyes, los Contemporáneos, Octavio Paz y otros más han hecho la crítica del nacionalismo como programa: se es mexicano forzosamente, y no es preciso por lo tanto defender una supuesta identidad en riesgo; lo que compete al artista es el rigor y la autoexigencia. Todavía nuestros artistas escuchan en su fuero interno la insidiosa frase: ¿Y tú que has hecho por México? Esta

 

misma tradición crítica que citamos ha propuesto, de una u otra forma, que la verdadera tradición mexicana es el universalismo y la apertura hacia el exterior.

   Por último, en consonancia con la soledad radical y la libertad de movimientos que el poeta necesita –en México tanto como en cualquier otro país–, condición inexcusable para que desarrolle su lenguaje y su visión personal, resulta cada vez menos aceptable que el poeta tenga que formarse, desarrollarse y ser reconocido sólo dentro de los cauces que señala la institucionalidad gubernamental, como si se tratara justamente de un “funcionario del Estado”. No tenemos en México una saludable tradición de “poetas salvajes”, y si los hubiera no habría mecanismos para su reconocimiento. Es cierto que frente a la casi total ignorancia e inexperiencia del público frente a la poesía –debida en gran medida a que la poesía ha dejado de ser parte de la vida cotidiana– los sistemas institucionales de becas, premios y reconocimientos mantienen en pie eso que reconocemos como la imagen y la continuidad de la poesía nacional. Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellos que encuentran otros caminos externos a la institucionalidad? ¿Deben ser condenados –puesto que la poesía es un asunto de voces– a la inaudibilidad? ¿No tendrían que ser precisamente ellos, hombres y mujeres poetas, quienes más lejos llegaran, puesto que no le deben agradecimiento al poder cultural? ¿No sería precisamente el poeta que sigue su necesidad interior el único que legítimamente podría “mandar al diablo las instituciones”?

   El problema es complejo porque su solución no pasa por una cancelación del amplio y generoso apoyo que el Estado otorga a la formación de poetas y a la producción de poemas. Quizá otras instancias sociales deberían competir con el Estado en la protección de las artes y las letras. Quizá –se trata de un viejo sueño– podría insistirse en la conversión de los millones de ciudadanos que actualmente están moldeados por los procesos de planificación ideológica, en públicos críticos que realmente alcancen como lectores y oyentes la experiencia humanizadora –siempre subversiva– de la poesía.

   El asunto, al menos, merecería discutirse.

1 “Poesía y vida”, en Poesía y Poética 36, Universidad Iberoamericana, Invierno 1999, p. 67.

2 En “Incertidumbre y poesía (especulaciones)”, conferencia magistral de la poeta peruana Magdalena Chocano leída en el V Encuentro Internacional de Poesía Contemporánea, Universidad
Iberoamericana Ciudad de México, 11 de septiembre de 2018.

 
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